Ed. La Pollera. Llevaba menos de un veinte por ciento del libro leído cuando se me escapó un ñam. Porque el libro estaba delicioso, entre la prosa bien hecha, las descripciones y el juego de narrador tan bien logrado. Es un libro chileno, pero no sólo porque es escrito por una lumbrera de escritor nacional y publicado en Chile. También porque se basa en la construcción de historias desde el bien ponderado cahuín colectivo tan nuestro; porque todo pasa en una isla sin nombre, pero que sabemos que es de acá y en la que tenemos que haber estado; porque aparecen la señora y el caballero que de todas maneras conocemos; porque hablan como hablamos y porque se siente como que estamos contando también la copucha. En esta isla vivía una comunidad que se sostenía sola, y al medio vino a parar, hace muchos años, una familia de afuerinos con camas, petacas, niños y recursos. Ellos ya se desaparecieron hace rato y abandonaron la gran casa que levantaron, salvo por un puro viejo ermitaño que vive, literal, en la punta del cerro con vista al mar. Eso hasta que un día vuelve en una avioneta el hermano mellizo del viejo, todo elegante, con acento extranjero y un misterio en el bolsillo. Y no que se queda varado por el covid19 el mellizo. Así que la isla entera se vuelca a sapear el reencuentro y a reconstruír juntos la historia de esa familia, de la isla también, en un colectivo que habla como un corifeo griego: no es nadie, son todos y uno también. Ese narrador es lo que hace que este texto sea entre fantástico y el mejor experimento literario del último tiempo. Prueba es que lleva doce ediciones en una buenísima editorial que publica joyitas y no ha sido fagocitada por las grandes. #lapollera #andresmontero #literaturachilena #esoquelei #bookstagramchile ¿Lo añades a tu lista?

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